Visité la ciudad del mar plateado en los días de Semana Santa. Me encontré una vez más con una multitud de personas visitando los lugares típicos, entiéndase puerto, playa, peatonal, entre otros, y al mejor estilo flâneur (según Baudelaire aquella persona que camina entre la multitud sólo observando) me dediqué a mirar más allá de lo que conozco de la ciudad.
Me vi dentro de una ciudad llena de calles sucias, en cuya entrada se intercalan viviendas precarias con edificios y casas abandonadas, con gente que sólo ve hasta sus narices, compenetrada en los asuntos, que no se detiene ni un instante. Y me pregunte dónde se encuentra la belleza de aquella gran ciudad turística a la cual visitan miles de personas al año. Porque, está bien lo admito, grandes playas, enormes centros comerciales para elegir, y muchas cosas más son atractivas para todo el mundo, pero sólo es eso. Porque si cada uno nos detuviéramos un segundo más simplemente a observar nos daríamos cuanta que está lejos de ser una ciudad bella. Obviamente dependiendo de lo que cada uno entienda por ese concepto. En mi opinión le falta calidez. Todas las cosas rotas, la basura tirada, los barcos del puerto oxidados, me dan sensación de frialdad, de desinterés. Ni hablar de la gente pidiendo en las calles, que como en todos los lugares, no entiendo cómo nadie hace nada por ellos.
Con todo esto no digo que sólo fui a observar porque estaría mintiendo descaradamente, sino que me comporte como todos aquellos turistas desinteresados, sólo prestando un poco más de atención a mi alrededor.